EL DOMINICAL
Domingo, 26 Agosto 2018 11:05

Santa Teresa y los Toros (1)

Escrito por  Plácido González

Rememoremos las actuaciones, o más bien los encuentros que tuvo Santa Teresa con los toros.

 

Bien es verdad que, entre los casos que vamos a referir, la Santa no hizo mención alguna, en ninguna de sus obras, de ningún tipo de encuentro directo con los toros, tan solo se refiere a ellos, de pasada,  al hablar de la fundación del monasterio de San José de Medina del Campo, cuando llegaron a esa localidad; en los otros casos que relataremos, tanto el de Duruelo de Blascomillán (Ávila), como el de Beas de Segura (Jaén) es la leyenda popular o, mejor, los relatos transmitidos de generación en generación, los que han mantenido viva la vigencia de aquellos acontecimiento considerados milagrosos. No obstante, a pesar de que el término leyenda nos pueda distraer y poner en duda su veracidad, no olvidemos que son relatos masoréticos que, como su nombre indica, es la tradición la que los ha mantenido vigentes hasta nuestros días.

Una de esas ocasiones en que la Santa tuvo un encuentro con los toros fue al llegar a Medina del Campo, de cuyos hechos hace referencia, por propia pluma, en su libro “Las Fundaciones”, capítulo 3 punto 7, donde refiere que: “Llegamos a Medina del Campo, víspera de nuestra Señora de agosto, a las doce de la noche. Apeámonos en el monasterio de Santa Ana, por no hacer ruido, y a pie nos fuimos a la casa. Fue harta misericordia del Señor, que aquella hora encerraban toros para correr otro día, no nos topar alguno. Con el embebecimiento que llevábamos, no había acuerdo de nada; mas el Señor que siempre le tiene de los que desean su servicio, nos libró, que cierto allí no se pretendía otra cosa”.

Es verdad que la cita, …aquella hora encerraban toros para correr otro día, no nos topar alguno…, es bastante escueta y escasa de concreción y aderezos, cosa que se debe a la humildad que la caracterizaba y al ser poco dada a alabamientos personales (ella misma lo dice en el Prólogo de Las Fundaciones:“…pues en ninguna cosa yo procuro provecho mío ni tengo por qué…”,) y, tal vez, como sigue diciendo en ese prólogo de “Las Fundaciones”, que no se extendió más “…por tener poca memoria, creo que se dejarán de decir muchas cosas muy importantes…”. Claro que se dejó, Madre Teresa, muchas cosas muy importantes sin decir, que nos hubieran servido, al menos a mí, para rematar este artículo. Mas, gracias a que aquellos lugareños que la conocieron, admiraron y posteriormente la veneraron, no quisieron que ninguno de sus gestos, o gestas, se desvanecieran y se perdieran en el tiempo y el olvido.

Lo cierto es que Santa Teresa arribó a Medina del Campo, para realizar su segunda fundación “carmelitana”, un 14 de agosto de 1567 en compañía de tres monjas (María Bautista, Inés de Jesús, y Ana de la Encarnación), parientes las tres de la madre Teresa, y de otra monja llamada Ana de los Ángeles. También la acompañaron un sacerdote apellidado Muñoz, que era el capellán del obispo abulense, y el venerable  Julián de Ávila, a la sazón capellán del monasterio de San José de Ávila, que ella fundara y donde residía la Santa. Llegaron a Medina sonando las campanadas que señalaban las doce de la noche en el reloj del convento de Santa Ana y, para no hacer ruido por las calles de la ciudad, dado lo avanzado de la noche, dejaron las caballerías en ese convento y a pié se desplazaron hasta la casa donde había de fundar el convento; casa que les había comprado un padre de nuestra Orden, llamado fray Antonio de Heredia, que era el prior del convento de Santa Ana (monasterio que desapareció y en cuyo solar está actualmente la plaza del Carmen). Mientras caminaban por aquellas mal iluminadas calles de la villa, oyeron un ruido aterrador y percibieron la llegada de una manada de toros que amenazaba peligrosamente a aquella comitiva de gente de iglesia. Uno de los toros, que se había adelantado a la manada, llenó de pánico a los caminantes al ver cómo se les venía encima y no tenían donde protegerse. En ese momento la Santa le dio una voz fuerte y el toro no solo se frenó sino que después pasó mansamente, junto a los demás, sin que nadie sufriera daño alguno.