EL DOMINICAL

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Domingo, 22 Abril 2018 19:32

Toros municipales en los pueblos

Escrito por  Jesús López Garañeda

Cuando apareció el extraordinario libro de Gonzalo Santonja titulado “Luces sobre una época oscura (El toreo a pie del siglo XVII)”, editado por Everest y que debería ser consultado por todo aquel aficionado que se precie de querer conocer,  ahondar en la historia taurina y aprender el bagaje cultural que conllevan los toros, le dediqué unas líneas merecidas en este mismo medio de comunicación, cuyo contenido yace justo aquí mismo entre los primeros reportajes publicados.

En aquel momento, me permití una licencia comentando la gesta del cura de Cillán, más lidiador de toros que de almas de feligreses y liturgia acortada al máximo para disfrute del tonsurado entre las astas de un toro. Eso sí, siempre como homenaje a Nuestra Señora de Rihondo. Aquellas líneas no tenían otra más que contar la presenciada por mí mismo en la localidad de Pollos un día de Nuestra Señora de agosto, justo antes del encierro de los toros.

Esos momentos sentidos, únicos e irrepetibles en la vida de la gente al tratarse de correr toros, presenciar sus evoluciones, embestidas, llamarlos, torearlos, cortarlos o simplemente azuzarlos echándoles ellos la chaqueta y ellas el mandil, han quedado impresos no solo en las letras de molde de un libro o publicación, sino y lo que es más importante, grabados para siempre en el recuerdo imborrable de la vivencia.

Lo bueno de los toros populares es que todos pueden libremente participar, cada uno según su osadía, miedo, prevención, precaución o presenciando cómo los diestros toreros mueven el capote, torean, se apuran, crean belleza con sus lances que serán aplaudidos y ensalzados si se hacen bien o vituperados y rechiflados si es al contrario.

En alguno de los pueblos de Castilla y León, como el que quiero traer aquí en este reportaje, los toros se guardan en el interior de las dependencias de la Casa Consistorial como bien público que son hasta ser soltados a la plaza improvisada, un coso rectangular irregular al que solo le falta la farola en el medio, dando un sabor único, de otro tiempo, a la lidia de los diestros, vestidos a la usanza campera.

De tal forma surgen y salen las reses de las habitaciones bajas, almacén de papeles, en donde se establecen los chiqueros y un corralillo trastero para apartarlos que produce cierto recogimiento en quien mira y ve un vestigio de lo que fue ayer la fiesta de toros, no hace tanto tiempo, en muchos pueblos de España. La verdad es que viendo esta salida del novillo, no me extrañaría que en alguna ocasión saliera con un bando del alcalde prendido en una de sus astas. Pero todo sea por la espectacular y artística portada renacentista, de bella arquitectura y acabado en piedra de sillería en cuyo frontal se ancla el balcón desde donde el alcalde presencia el festejo.

Hace años no se autorizó el festejo novilleril con toros de muerte en esta plaza porque decían que no reunía las condiciones exigidas en el catálogo de la reglamentación vigente. Pero el tiempo, demandas y razones más que evidentes y justas del pueblo, se autorizó y permitió lidiar al año siguiente. Por allí hizo el paseíllo un novillero de Villafrechós llamado Jorge Sahagún que enjaretó una larga cambiada al novillo municipal nada más salir del Ayuntamiento como se atestigua en la fotografía que pude captar a pie de plaza y al que el público aplaudió en su aseada faena.

Los pueblos siempre han sido el vivero del que han surgido los grandes maestros de la tauromaquia y ellos se forjaron en el yunque y pedernal de sus placitas y sus calles. Ante la dureza rocosa de los animales que se lidiaban pasados de años y metafísica y las chispas del silex mostradas en el aplauso y en el triunfo futuro se  iba consolidando poco a poco la profesión más noble, seria y sacrificada del toreo.

En fin, conseguir que los toros lleguen a todos, se corran en los lugares donde el pueblo habitualmente lo ha hecho, es un motivo más de recuerdo orgulloso, emoción contenida, y obligada vuelta  al año que viene cuando San Roque de nuevo seque sus llagas con el arrope de su calabaza y el relamido del perro. Y este pueblo se llama Morales de Toro.