EL DOMINICAL

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Domingo, 25 Febrero 2018 14:46

Las últimas luchas de fieras

Escrito por  Fernando García Bravo
Lucha del tigre César y el toro Regatero. Plaza de Toros de Madrid, 28 de noviembre de 1897. Lucha del tigre César y el toro Regatero. Plaza de Toros de Madrid, 28 de noviembre de 1897.

Se celebraron en la Plaza de Toros de San Sebastián y en la Plaza de Toros de Madrid

Siempre que en las plazas de toros se han anunciado alguna lucha entre leones, panteras, osos, tigres o elefantes, teniendo por enemigo el toro, se han manifestado las protestas de los buenos aficionados, de revisteros taurinos y de periodistas en general, pero a pesar de las desaprobaciones inspiradas en un sentimiento de cultura, éstas no dejaron de celebrarse en nuestro país hasta el año 1917. Desde la primera lucha que tenemos noticias, que data del siglo XV en la localidad jienense de Bailén, hasta la última que se tiene recuerdo, celebrada el día 21 de enero de 1917, en la plaza de toros de Madrid, hay un sin fin de relaciones de pugilatos entre felinos, paquidermos y cornúpetos, y sucesos ocurridos durante su desarrollo. Durante el siglo XVI merece mencionarse una lucha de un toro y un león, ofrecida en Guadalajara como festejo al cautivo rey Francisco I de Francia por el duque del Infantado. Pero es el siglo XVII el que presenta un aumento de la afición por estas luchas. El duque de Lerma, entre las fiestas que organiza para recreo de Felipe III, incluye la lucha de fieras, como las que se celebraron el 7 de diciembre de 1603, en la que combatieron un toro con un tigre. Otras muy señaladas fueron las celebradas en Madrid el día 13 de octubre 1631, en que para solemnizar los años del príncipe de Asturias, Baltasar Carlos, se dispuso en los jardines del Parque del Moro el espectáculo de la lucha de un toro del Jarama contra un león y un tigre, a los que venció.

En las plazas de toros, la primera que recordamos fue la celebrada en Madrid el día 12 de mayo de 1848, en que un tigre de Bengala fue echado al toro Señorito, de la vacada de Benjumea, el cual a las primeras de cambio mató al tigre de una cornada en el pescuezo, y como el espectáculo duró poco y los precios fueron elevados, parte del público se soliviantó, rompiendo y queriendo quemar las sillas que fueron puestas alrededor del ruedo, costando no poco trabajo a las autoridades contener al público y sofocar el tumulto. En vista del éxito taquillero y los grandes beneficios que obtuvo la Empresa, dispuso otra lucha para el 15 de agosto del mismo año, en que el toro Caramelo, de la ganadería de Manuel Suárez, lucharía con un león y un tigre, traídos de Argelia; lucha que por la fama y la popularidad que llegó a conquistar este toro tiene merecido un capítulo en la Historia de la Fiesta. Otros combates que levantaron gran expectación fueron entre toros y elefantes. En Madrid se anunció el día 23 de marzo de 1865 la lucha de dos toros con el elefante Pizarro, de Ceilán, de 50 años, que había vencido a otros toros en las plazas de Valladolid, Logroño, Tudela, Pamplona, Zaragoza, Huesca y Cartagena, que atado con una maroma a una gran estaca, se le echó el toro Liebro, de la ganadería de Manuel Bañuelos Salcedo, que acometió siete veces al elefante, siendo derribado en la primera e hiriendo en la sexta a Pizarro en la trompa, desde cuyo momento no quiso más bromas el gigantesco cuadrúpedo. Al toro se le perdonó la vida por su valentía. Se echó después a Bolero, de Gala Ortiz, embistiendo al elefante igual número de veces que su antecesor, aunque sin tanta codicia, hiriéndole la segunda en la boca, y sufriendo en la cuarta una despedida que le hizo rodar, sin ocasionarle lesión alguna y fue devuelto a los corrales. Durante muchos años, con más expectación que resultado, se suceden este tipo de espectáculos, con algunas novedades, como las apuestas por uno u otro contendiente. Y buen seguro hubieran continuado con interés de no haber ocurrido el gravísimo suceso que glosamos. Se dispuso para el día 24 de julio de 1904 en la plaza de toros de San Sebastián; el programa lo componían tres novillos de López Plata y uno de Carreros, correspondiendo matar los tres primeros al valiente novillero Tomás Alarcón «Mazzantinito» y el último al sobresaliente Muñagorri. Una vez verificada la lidia de estas reses se celebraría la lucha de un tigre y un toro; después de algunos inconvenientes, fue elegido el que atendía por Hurón, de la ganadería de López Plata. Desde que se anunció la referida lucha no se hablaba de otra cosa. La ciudad de San Sebastián se vio invadida por una verdadera multitud integrada por gentes de la más variada condición, procedentes de las poblaciones vecinas de Bilbao, Vitoria, Pamplona y de los pueblos vecinos que media entre Pasajes, Fuenterrabía e Irún. La expectación fue enorme. Las localidades se agotaron rápidamente, no obstante haber sido elevado el precio en la taquilla. Para dar mayor atractivo, se exhibieron los dos enemigos, y la mayoría de la población desfiló por la plaza de toros y se cruzaron apuestas inclinándose, por lo general, a favor del toro. Una vez acabada la corrida de lidia ordinaria, se instaló en el centro del ruedo una jaula que, según los informes de los ingenieros que la reconocieron, señores Sarasola y Carrasco, reunía todas las condiciones de seguridad que requería; sin embargo, advirtieron la necesidad de que en las puertas dejaran adheridas los jaulones de los dos contendientes, pues podía suceder que los barrotes cedieran en uno de los envites; lo cierto es que el cajón del toro fue retirado, y que por ese sitio se rompió la jaula. Primero soltaron al tigre, y luego penetró el toro por la puerta contraria a la que salió aquél; la lucha fue muy sosa y aburrida, pues si bien el toro arremetía a su contrario, éste se acobardó y no quería pelea; el toro dio bastantes revolcones, en uno de los cuales se torcieron varios hierros, que fueron arreglados a martillazos por los empleados de la plaza. El presidente, al ver al tigre que no quería lucha, y tal vez al enterarse de la poquísima seguridad que ofrecía la jaula, con acierto dio orden de que terminara la lucha; pero el público no se conformaba; quería que el espectáculo continuara, protestando ruidosamente. En vista de esto, y sin saber nadie qué hacer, se hostigó brutalmente a los dos luchadores, pinchando con hierros al tigre y quemando infinidad de cohetes para que continuara la pelea; al fin embistió furiosamente el toro contra su contrario y, chocando contra la puerta donde se retiró el jaulón, cedió y quedaron en el ruedo las dos fieras, produciéndose un pánico horrible. La gente se atropellaba y pisoteaba para ganar las puertas, y hubo infinidad de heridos y contusos de los porrazos que se propinaron; a todo esto el tigre no se movía porque debía tener una herida de muerte producida por el toro; pero sin saber de quién salió la orden, los miqueletes de la provincia, demostrando no saber ni el arma que manejaban, empezaron a tiros con el tigre, haciendo fuego hasta lo menos 50 disparos, y esto fue lo que trajo peores consecuencias, pues las balas, unas de rebote y otras perdidas, fueron a dar en muchos espectadores, que quedaron gravemente heridos, siendo curadas en la enfermería de la plaza y en las Casas de Socorro. El tiroteo duró algunos minutos, pues muchos paisanos sacaron sus revólveres y los dispararon en todas direcciones. El tigre murió del primer tiro que el oficial de la compañía le descargó. Con diversa gravedad fueron atendidas 15 personas por impacto de bala y a consecuencia de caídas y atropellos infinidad de lesionados. El que desde el primer momento ofreció más gravedad fue el industrial Lizarraturry, que tenía una herida de bala en el bajo vientre y falleció en el hospital, donde fue trasladado, y M. Jean Puerre, con grave herida en el hipocondrio, que le llevaron en periodo agónico. El toro que luchó se llamaba Hurón y era de la vacada de López Plata y el tigre que había sido trasladado desde las selvas africanas —según el anuncio— (sabido es que los tigres solo se dan en Asia), tenía el nombre de César. Un hecho similar ocurrió en la plaza de toros de Madrid el día 2 de enero de 1900; entonces se celebró la lucha de un novillo, de nombre Carasucia, de la ganadería de los herederos de López Navarro, con una leona africana, una osa de Siberia y una pantera india, a todas las cuales atemorizó y acorraló contra los barrotes de la jaula, por lo que el domador Malleu, para azuzarlos y excitar la ferocidad de dichos animales, descargó sobre éstos varios culatazos a través de los barrotes, con cuyos golpes se disparó el arma, y la carga, que era de postas, fue a dar de lleno sobre los espectadores del tendido 3. Veintitrés fueron heridos por tal imprudencia. Carasucia mató a cornadas a la osa y a la pantera y dejó mal herida a la leona. Trece años pasaron desde el suceso de San Sebastián sin que se autorizaran luchas de fieras en España, por el rechazo general de estos espectáculos, que a nada conducían y por las campañas de prensa, que lo calificaba de «instintos crueles, inmorales y salvajes» y que no debían de consentirse. Pero la Empresa de Madrid, haciendo caso omiso y aprovechando la ausencia del titular de la Dirección General de Seguridad, señor La Barrera, solicitó el permiso, por haber un vacío legal, no pudiendo denegar lo pedido porque no había ninguna disposición que le sirviese de amparo ni razón justificada para oponerse. Su sustituto, don Carlos Blanco, no tuvo más remedio que dar la venia. Con escaso eco, por ser fechas poco propicias, anuncia la Empresa de la plaza que el día 21 de enero de 1917 se celebrará una novillada y la lucha del toro Papelero, colorado, bien puesto y astifino, de la ganadería de Bañuelos, con el tigre Babul. La expectación fue mínima y el combate duró poco; después de dar tres envestidas al felino, éste resultó herido de muerte quedando inmóvil con las patas al aire estremeciéndose de vez en vez con el sacudimiento de la agonía. Sacaron a Papelero de la jaula donde se había celebrado el combate, dejando muerto a su rival. Desde entonces no se tienen noticias en la que un toro intervenga en una lucha de fieras. Después del desliz y del vacío administrativo, las autoridades dictaron órdenes prohibiendo este tipo de espectáculos.

 

(Izda.) Cartel de la última lucha de fieras, Plaza de Toros de Madrid, 21 de enero de 1917. Colección Ángel Sonseca Rojas.

(Drcha.) Cartel de lucha entre un toro y un elefante en la Plaza de Toros de Madrid