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Domingo, 11 Febrero 2018 20:39

El origen del toreo cómico: «Las mojigangas»

Escrito por  Fernando García Bravo

La mojiganga, desterrada y desaparecida de los ruedos, era una comparsa o representación pantomímica bufa y ridícula que se hacía como entremés o remate en las novilladas.

 

Se adornaba el ruedo con motivos del tema que se escenificaba y terminaba con la salida de un novillo, generalmente embolado, que solía poner en dispersión la cuadrilla que la representaba. No se puede considerar como fiesta de toros, y únicamente podían ser tenidas por tales aquellas en las que los lidiadores picaban en burros, ponían banderillas en cestos y daban muerte al toro con estoque. Este tipo de espectáculos tuvo su mayor apogeo en el siglo XIX, y en su variación e ingenio estaba la fórmula del éxito. Las mojigangas tuvieron su origen en una costumbre antigua —aproximadamente del siglo XI— que consistía en soltar a la plaza de los pueblos un cerdo dentro del coso, en que de antemano se hallaban dos o más personas con los ojos vendados y armados de palos y caminando a ciegas; cuando se topaba con cualquiera de ellos y llegaba a pegarle, se le adjudicaba en premio. Como variante existió otra modalidad y era la que había que coger al cerdo untado con grasa, que por lo escurridizo de su piel se hacía bastante difícil el sujetarlo. Ya en el siglo XVIII y copiando el modelo, se hacía una cosa parecida con una vaquilla, que además de llevar una campanilla en el cuello, la ponían una bolsa en el testuz con cierta cantidad de dinero. Los golpes y revolcones que sufrían los que se disputaban el premio y los encontronazos de unos con otros, por llevar los ojos vendados, provocaban las risas y las burlas de los que presenciaban el espectáculo. En las corridas ordinarias donde se daban toros con lidiadores profesionales (aunque rara vez se practicaba), se hacían suertes que divertían, constituyendo el intermedio cómico; como la suerte ejecutada por un peón llevando un cántaro lleno de ceniza o de harina lo rompía sobre el testuz del toro en el momento de la acometida, lo que producía la hilaridad del público, viendo al bicho tirar derrote sobre derrote a la ceniza que le caía de la cabeza, u hostigarle con un trapo de colores desde un hoyo angosto practicado en el suelo, desde donde citaba al toro, quien la emprendía a cornadas con la arena, siempre excitado por aquel bulto que desde el hoyo se movía. También como entretenimiento aparecían «dominguillos», muñecos vestidos, en forma humana, con contrapeso en la base, al que el toro embestía y vuelve a la posición vertical aunque se le mueva, lo que se conoce como tentetieso. El balanceo que provocaba al embestir a los muñecos enfurecía, aún más, al toro, que a cornadas y topetazos, sin parar, intentaba derribarlos como si de un juego de bolos se tratase o se le presentaban al toro peleles, que son figuras con la cabeza de cartón y el cuerpo de paja y mientras se ceba el toro con el muñeco, tienen tiempo de ponerse a salvo los hombres. Con el tiempo y el ingenio las mojigangas se parecían más a una representación teatral que a un espectáculo taurino, aunque fuese menor, y gran parte del público las prefería a las funciones de toros. Los empresarios no escatimaban medios para darles atractivo. Algunas mojigangas eran muy demandadas y varias eran las veces que se repetían en la temporada, entre otros, los títulos de: Los contrabandistas de Sierra Morena, que se estrenó en 1841, pantomima de mucha actualidad entonces, pues a la conclusión de la primera Guerra Carlista, tomaron incremento aquellas famosas partidas de bandoleros y contrabandistas que fueron el terror de las gentes y la pesadilla de los Gobiernos. Sus hazañas, comentadas y exageradas por la gente, les hicieron héroes de novela y se cantaban en jácaras de ciego. Para su ejecución y lucimiento se colocaba en el ruedo una venta o barraca, como guarida de los bandoleros y el resto de la plaza de adornaba con ramajes imitando un bosque. En un momento de la pantomima eran descubiertos los bandoleros por los guardias que les venían persiguiendo, trabándose un combate y, detenidos, les quitaban el botín. En este estado se soltaba un novillo embolado que ponía a todos en dispersión y se le picaba en burros. Ninguno se repitió tanto como el de La pata de la cabra (en los Cíclopes de Vulcano), que resultaba tema obligado como entremés en las fiestas de novillos, y durante muchos años se representó. Otras muy del gusto de la concurrencia fueron: El Sultán y las odeliscas y El Doctor y el enfermo. Pero hubo una excepcional, que se dio en una sola ocasión, la titulada Tutili-mundi. Para el día 10 de febrero de 1822, se anuncia en la plaza de toros de Madrid una mojiganga en la que intervendrá el ciego Pedro de la Cuesta, que con tanto aplauso enseña en las calles el Tutili-mundi, y lo hará ante un novillo embolado, «el cual saldrá con éste y su lazarillo y se colocará en medio de la plaza figurando con sus dichos tambor y demás que acostumbra estar enseñando dicho Tutili-mundi; tendrá a prevención un “bujero” en tierra para guarnecerse cuando le avise el lazarillo de la presencia del novillo; para picar se presentarán cuatro aficionados vestidos dos de viejas y dos de viejos, montados en pollinos (…) en términos que por cualquier lado que entre el novillo se encontrará con quien le pique (...)». Las crónicas cuentan que, una de las veces el ciego no acertó a meterse al agujero, saliendo volteado por el novillo, y hubo de retirarle de la plaza con grandes contusiones, que dieron con él en una cama en el Hospital del Santo Asilo. Tanto éxito tuvo la referida mojiganga, que la empresa quiso repetir a la semana siguiente tan jocosa diversión, pero no encontró a otro ciego que quisiera repetir la suerte. 

Ya en los primeros años del siglo XX aparecen en la escena otro tipo de espectáculos; las llamadas «charlotadas» y «toreo cómico», que era dirigido, en un principio, al público infantil y captó por sus raras habilidades a todo género de espectadores. Y este tipo de representaciones tuvo su origen en un cúmulo de casualidades y se debió a Rafael Dutrús, más conocido como «Llapisera». Corría el año 1914; en una becerrada benéfica que se celebraba en Valencia, un muchacho alto y delgado había de lidiar un torete. El improvisado sintió rubor al comparar su gran estatura con la pequeñez del astado enemigo, y ante él simuló los diversos lances de la lidia, aguantando impávido las acometidas del animal, burlando tan solo con un movimiento ágil del cuerpo y recortes. El público rio a mandíbula batiente la original excentricidad, y unos artistas de cinematógrafo que asistían a la becerrada felicitaron al muchacho y le animaron a repetir sus graciosas acrobacias y locas piruetas. Así apareció en la plaza el toreo cómico, y así inició sus triunfos y su popularidad aquel muchacho valenciano de Chiva que se llamó Rafael Dutrús y que hizo el famoso mote de «Llapisera». Su temperamento de humorista creativo y su invención de pases, le hicieron ídolo y protagonista del toreo bufo, que a raíz de su incursión en los ruedos salieron cientos de imitadores. 

No en vano muchos de los pases y lances que hoy conocemos, como por ejemplo la manoletina, tiene su origen en esta disciplina, cuyo apelativo es absolutamente impropio, puesto que fundadamente, nada tiene que ver con «Manolete» que sí la prodigó. La recreó, eso sí, pero no la creó. Los verdaderos creadores fueron los toreros bufos «Llapisera» y «Charlot», después la practicó Victoriano de la Serna, que él mismo confesó haberla tomado de los toreros cómicos en el año 1933, aunque solo la ejecutaba como adorno y no como base de faena. El toreo cómico tiene categoría de verdadero arte. Es poseer la estética de lo divertido y lograr arrancar una risa sin tocar nunca lo chabacano. Lo cómico es un elemento de emoción, en el fondo y en la forma, tan importante como lo dramático. Es poner la risa donde habita el grito de la angustia.