EL DOMINICAL

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Domingo, 19 Noviembre 2017 18:58

Un bandolero metido a Picador

Escrito por  Fernando García Bravo
El Bandolero "El Vivillo" en su aspecto de Picador de tanda en la Plaza de Toros de Vista Alegre de Carabanchel (Madrid) El Bandolero "El Vivillo" en su aspecto de Picador de tanda en la Plaza de Toros de Vista Alegre de Carabanchel (Madrid)

Joaquín Carmargo Gómez «El Vivillo», fue uno de esos personajes que se les puede calificar de «singular». Uno de los más afamados de la España pintoresca y el último bandolero de «leyenda», que alcanzó gran popularidad a principios del siglo XX

El apodo de «El Vivillo» le vino puesto por un maestro de escuela que no era capaz de imponerle el castigo con el palo, al esquivar los golpes escondiéndose debajo del pupitre. Cuando alguna vez lograba el maestro su propósito decía: «¡Te pillé. Eres muy vivillo, pero no te vale conmigo!», los chicos dieron por llamarle «El Vivillo», y con ese nombre se hizo célebre en todo el mundo. Había nacido en Estepa (Sevilla) el 5 de marzo de 1866. Era el décimo hijo de dieciséis que tuvieron sus padres, que disfrutaban de una economía holgada dedicándose a la agricultura en las tierras de labor propias. Pero la mortalidad infantil era demasiado alta en aquellos años, y únicamente consiguen sobrevivir él y su hermano José, quince años mayor. El cariño que la madre concentró en ellos dos, y especialmente en Joaquín, hace que éste sienta una verdadera adoración por ella, hasta el punto de que al morir y contraer su padre nuevas nupcias con Pilar Galbán, mujer de fuerte carácter, no soporta ver cortado su espíritu de aventura e independencia. Los malos tratos, la dureza de los castigos y las continuas riñas le llevan a fugarse de casa cuando apenas contaba trece años y desde este momento empiezan las aventuras del muchacho rebelde, despierto y astuto.

Trabaja en un principio como mozo limpiando cuadras y al cuidado de caballos en un cortijo de Écija, y una vez enterado el padre de su paradero le devuelve a casa. Inquieto y bullicioso, «El Vivillo» quiere ver mundo y marcha de nuevo por los caminos. Se emplea donde le dan trabajo y cobijo, pero descubre por boca de los numerosos contrabandistas que recorren Andalucía que hay un dinero rápido, pero con riesgo: el contrabando y, así, comienza a poner los ojos en Gibraltar, campo de grandes e importantes operaciones. Una noche llega a una venta la Atalaya, en la sierra de Atalayón. En ella va a conocer a José García —el que había de ser su amigo y compañero inseparable en los momentos más duros—, que le invita a sumarse a su partida y con él permanece durante diez meses haciendo contrabando en la zona de Gibraltar. Se asocia más tarde a la partida del señor Manuel «El Vizcaya» como lugarteniente del bandido más temido y famoso de toda la zona estepeña. Los golpes y atracos comienzan a ser de mayor envergadura, pero tan diestra en su preparación que la justicia sigue absolutamente desorientada. Su fama empieza a crecer y a extenderse, se le teme y se le admira, siempre consigue zafarse de la justicia y no es un asesino, aún no ha derramado sangre en ninguna de sus actuaciones. Cerca de un año anda «El Vivillo» en compañía del «El Vizcaya», burlando permanentemente a los guardias, cuando es capturado en un encuentro con los civiles en las cercanías de Estepa. Se le acusa de haber tomado parte en el asalto a unos tratantes que regresaban de la feria de Villamartín, pueblo situado en la serranía de Ronda. Más de un millón de reales se llevaron de aquel atraco y, aunque no hay pruebas, todo apunta a la persona del bandolero. Después de permanecer siete días en la cárcel de Estepa, emprende camino, andando entre civiles, hacia Osuna; fatigados llegan a Utrera y de aquí, cargado con cadenas y después de treinta días de recorrido, entra en la cárcel de Jerez de la Frontera donde permanece trece meses. Es juzgado por la Audiencia de Cádiz y las acusaciones son confusas en cuanto a la paternidad de aquel asalto y, si a esto añadimos a «testigos» que aseguran haber visto a «El Vivillo» en las tabernas de Estepa, durante la fecha, tenemos como resultado su absolución.

Intenta de nuevo permanecer tranquilo, pero no lo consigue. En un principio se dedica a traficar con objetos de compra y venta y se hace experto en caballos con los que negocia. A la vez amplía el «negocio». Organiza su propia partida de bandoleros y, además del «trapicheo», se hace cuatrero, roba, asalta caminos y secuestra. La popularidad de «El Vivillo» se propaga por toda Andalucía, desde el campo de Gibraltar hasta las quebraduras de Despeñaperros, y todos los males que podían ocurrir en dos lugares muy distantes y a la misma hora cargaban las culpas de lo robado en el haber de «El Vivillo», diciendo que habían sido asaltados o robados por éste y sus hombres en cualquier encrucijada. El día de la feria de Priego (Córdoba), en septiembre de 1895, se comete otro asalto muy parecido al de Villamartín, pero mucho más cuantioso, por acudir a ella gentes más acaudaladas. Cuando el hecho llega a la guardia civil, ésta consigue capturar a tres posibles autores; «El Vivillo», que, por supuesto, está en la mente de los civiles, cae más tarde, sorprendido mientras duerme. Su peregrinar de cárcel en cárcel es continuo, siendo la última en ingresar la de Cabra (Córdoba). Después de largos meses y cuando ya ha renunciado a que su libertad sea un hecho jurídico, opta por fugarse, que tras mil peripecias y peligros consigue consumar eficazmente. Perseguido hasta los últimos confines por toda la guardia civil, se embarca a Orán y desde allí a Argentina y, con documentación falsa, cambia de nombre. Allí se establece y hace amigos. Lleva consigo a su mujer e hijos, pero un amigo lo denuncia a las autoridades españolas que consiguen su extradición. En el año 1909, «El Vivillo» tiene pendientes 12 procesos con la ley; robos, asaltos, amenazas y abigeato (hurto de ganado), le retienen en la cárcel de Sevilla, en espera de que el juez especial atienda las demandas de los distintos juzgados y dicte sentencia. Su abogado, Rodrigo Soriano, diputado republicano y director del periódico La Nueva España, trabaja con entusiasmo para conseguir la libertad de su detenido. Después de varios meses de interminables sesiones consigue demostrar su inocencia —algo sin precedentes en la historia del bandidaje español— saliendo absuelto de todos los cargos que le imputaban y sobreseyeran todas las causas por falta de pruebas. Quiere volver de nuevo a Argentina, donde ha dejado bienes y familia, y sin recursos, tiene la idea de tomar parte en corridas de toros como picador. Con objeto de recaudar fondos para que pudiera reunirse con su familia en Argentina, en Linares (Jaén), se anuncia para el domingo día 17 de septiembre de 1911 una corrida de toros de la ganadería de Correa, para los diestros Enrique Vargas «Minuto» y Antonio Moreno «Moreno de Alcalá» y como aliciente que «El Vivillo» actuará de picador a las órdenes de «Minuto». La revista El Toreo enjuicia así su labor: «En cuanto al clou de la fiesta, o sea “El Vivillo”, solo salió en el primer toro; y con completo desconocimiento de lo que es picar toros, trató de poner una vara en una arrancada del toro, marrando, y entonces el bicho tomó el caballo de través, derribándolo, despidiendo a “El Vivillo”, que dio un porrazo superior, y pasando por encima de él sin hacerle nada». Volvió a repetir suerte en la plaza de toros de Vista Alegre, en Carabanchel (Madrid), el día 1 de octubre del mismo año. Esta vez actúa en la cuadrilla del valeroso novillero madrileño Enrique Fernández «Carbonero», al que acompañaban en el cartel Manuel Navarro y Julio García, de Gijón, nuevo en esta plaza. Los astados de la ganadería de Ildefonso Gómez. Con antelación a la celebración del festejo la prensa dio la noticia de la actuación de «El Vivillo» y en los carteles apareció con una nota destacada su concurso en la corrida indicando: «la presentación al público, como picador de toros, de Joaquín Camargo “El Vivillo”. Los periódicos El País  y El Liberal hacen una amplia crónica e incluye, este último, reportaje con fotografías. Del desarrollo y trabajo tomamos nota de los comentarios de ambos diarios: «Lleno colosal, rebosante. La muchedumbre acudió para ver al célebre “Vivillo” de su nuevo y no menos arriesgado oficio (…). Pero como se verá nuestras esperanzas no se cumplieron, pues no sabemos si a causa de su obesidad, quizás también temiendo un batacazo como el de Linares. »Primero [de los novillos] “El Vivillo” da la vuelta al ruedo en medio de aplausos que se me antojan chungones. (…). No entra a “El Vivillo” porque éste [el novillo] no va a él. Trabajan los peones y el matador para ponerlo en suerte, pero no entra. Fue condenado a banderillas de fuego. »El cuarto (…) se colocó en la suerte pero a la hora de la reunión ni el toro tuvo valor para acercarse al “Vivillo”, ni “El Vivillo”

espoleó su caballo ni empujó para ponerle la pica en su punto, muy al contrario, toro y picador, como de común acuerdo, se dieron las espaldas y huyeron de sus sombras respectivas. —Puso solamente una vara— y todos los esfuerzo de la cuadrilla para que tomara las de la ley de “El Vivillo” (…) pero todo fue inútil, y aquí terminó la expectación». Y también acabó la breve vida profesional taurina y su incursión en los ruedos de Joaquín Camargo Gómez «El Vivillo», el último de los caballistas de la España pintoresca de la pandereta. La de un personaje novelesco, que por su vida aventurera y celebridad notable, la imaginación popular le puso enseguida a la altura de los héroes análogos, hijos del romanticismo falso. Él, como todos los bohemios y hombres libres y sin ataduras, que vivieron la vida plena de riesgos y excesos, marcó el tiempo a su voluntad. Volvió pronto a Argentina y el 16 de julio de 1929, cuando cuenta sesenta años de edad, muere después de ingerir una medida de cianuro potásico. En el recuerdo, el eco de la copla de «El Vivillo» que luego sería para él, y a modo, como el lema de su existencia: Para ser buen «quinaor», dos cosas has menester una «pusca» y un buen «gras que tenga buenos «pinrés».