EL DOMINICAL

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Domingo, 12 Noviembre 2017 21:52

Los Billetes de Toros

Escrito por  Fernando García Bravo
Dos ejemplos de los primeros billetes, con distinción de tendidos en la Plaza: Sol y sombra. Año 1850 Dos ejemplos de los primeros billetes, con distinción de tendidos en la Plaza: Sol y sombra. Año 1850

Una de las más urgentes preocupaciones del aficionado a los toros ha sido el poseer un boleto para poder asistir y ver un festejo taurino. Los billetes, como otros aspectos de la Fiesta, tienen su pequeña parcela histórica dentro del planeta de los toros

Porque hay que advertir que, antes de existir los billetes para la entrada, tenían los empresarios o corporaciones, según quien organizara el festejo, un método para el acceso a la plaza que hoy nos parece, al menos, curioso y digno de ser conocido. El sistema que se empleaba era el siguiente: Se colocaban en las puertas de paso al edificio de la plaza unos cobradores provistos de talegos y el público tenía que pagar en mano a los agentes de la empresa que estaban apostados en la plaza para dicho fin, sin que mediase ningún tipo de recibo. En la fachada próxima a cada puerta se fijaba una nota anunciando el tendido, precio de la entrada por aquella boca y lugar de la misma, que en un origen solo eran la de Sol y la de Sombra. Años más tarde, las quejas de los espectadores abonados de sombra, que en muchos festejos, y por diferentes motivos, pero generalmente por comenzar antes las corridas en las que se lidiaban ocho toros, o más, y viendo que las localidades por las que se abonaba más dinero, la de Sombra, a veces no correspondía con lo anunciado, fue motivo para introducir «en el mercado» la tercera y novedosa entrada; la de Sol y Sombra (anunciándose como Medio Sol) y únicamente los palcos gozaban del privilegio del billete. Las entradas eran generales y sin numerar. Los espectadores se podían colocar en cualquier asiento, teniendo en cuenta siempre uno de los tres tipos de localidad donde habían elegido ubicarse, lógicamente la de entrada de Sol era la más concurrida por ser más barata. La entrada a la plaza no se agotaba la mitad de las veces; pero aunque se llenara, contando con su elasticidad inagotable, con cerrar las puertas, asunto concluido. Para conocer cuándo se utilizaron los primeros billetes en una corrida de toros nos tenemos que remontar a los tiempos del rey Intruso José Bonaparte; concretamente al día 24 de junio de 1810, fecha señalada por la Junta Municipal de Madrid, que acordó que para este día se celebrasen fiestas de toros en la plaza de extramuros de la Puerta de Alcalá, y que la entrada para la fiesta de los toros fuese por medio de billetes en iguales términos que se utilizan para los teatros de comedias. Lo hizo el impresor Clemente García en total de 10.040, los cobró a treinta reales el ciento y se podían adquirir en los puntos siguientes: en la Puerta del Sol, en las Casas del Pósito y en la Casa Administración de la misma plaza.

Dichos billetes, cuyo tamaño era de cinco centímetros de ancho por cuatro de alto no podían ser más primitivos; consistían en un pedazo de cartón o naipe al que se pegaba un papel manuscrito, que al dorso tenía para contraseña, una, dos y aun hasta diez marcas impresas en forma de flores, estrellas, lises u otra figurita tipográfica, según las veces que había servido, porque el espectador depositaba la entrada en unos cajones altos, que estaban dispuestos a este propósito en las puertas de la plaza, y de esta forma la volvía a recuperar la empresa para su reutilización, y marcándolas, con una nueva contraseña o figura cada día de espectáculo. Esta costumbre, heredada de otros espectáculos, venía desde muy antiguo y con ella se siguió mucho tiempo. Al menos hasta la década de los años 1840-1850, subsistía la costumbre de cobrar a la entrada el importe de las localidades de Sol, según se anuncia en la media corrida extraordinaria para solemnizar el glorioso pronunciamiento de la Constitución de 1837 y Libertades Patrias, que figuran en el pie del cartel de 14 de septiembre de 1840. Dice así: «La entrada para los asientos de Palcos, Gradas cubiertas y Tendidos a la Sombra, se verificará por medio de billetes que se venderá al público dos días antes de la función. En los tendidos al Sol se verificará pagando en las puertas». El resto de los billetes se extendían a mano y rubricaba el administrador de la plaza. Únicamente llevaban impresa una orla y el letrero «Plaza de Toros» y tipo de localidad. La clase de función, número de tendido o palco y ubicación, la fecha y el precio había que escribirlo a mano. En el año 1845 crecieron en tamaño y en ornamentación; en uno de ellos aparece un picador citando a un toro y varios toreros alrededor. Este billete tenía un fondo azul y estaba impreso en tinta negra, pero los billetes aún no eran numerados. Este último requerimiento de numerar los asientos ya lo recoge en su «Tauromaquia» Francisco Montes «Paquiro», que en una parte importante de la obra se ocupa de impulsar, reglamentar y modernizar la Fiesta. El capítulo correspondiente a la Reforma del espectáculo, apunta: «En cuanto a la disposición interior de la plaza, solo tengo que decir que sería sumamente bueno para el público que todos los asientos se numerasen, y cada cual se colocara en el que trajera anotado su billete; de este modo se evitaría la extraordinaria concurrencia que se advierte en algunos puntos de la plaza, mientras otros están enteramente vacíos, y además las rencillas e incomodidades que la multitud y estrechez traen consigo; también esta medida precavería en mucha parte los hundimientos y alborotos que la demasiada gente en un determinado sitio ocasiona con bastante frecuencia». Ya doblado el siglo XIX, el empresario de Madrid, Justo Hernández, sustituyó los billetes de cartón por otros sencillos y numeró los asientos. Se utilizaban en las localidades numeradas dos billetes para cada espectador; uno que servía para penetrar a la plaza y otro para ocupar la localidad numerada respectiva. Esta nueva fórmula se implantó con el fin de librarse de la mucha gente que se colaba en el tumulto que se formaba, al querer el público acceder los primeros, con el propósito de colocarse en las mejores localidades y, además, acomodar a cada uno en su asiento, evitando de esta forma el caos en los tendidos, que generalmente se formaba y que en muchas ocasiones desembocaba en altercados, riñas y peleas, al pretender instalarse en el mejor sitio. Con el correr de los tiempos se introdujeron los talonarios, y años atrás se cuidaba con esmero la confección de las entradas, muchas de ellas piezas de coleccionistas, bien por su efemérides, por su variedad o por su composición, donde existen relativos primores tipográficos al máximo grado de perfección: retratos de toreros —sobre todo en las funciones de despedida—, alegorías, símbolos y escenas de la Fiesta. También se han empleado como entradas para presenciar los festejos taurinos monedas, medallas en cobre, bien para inauguraciones de plazas o para homenajes de toreros célebres. En la colección del conde de Colombí existían varias de éstas; una de la plaza de toros de San Sebastián, de agosto de 1883, con la efigie de «Lagartijo» y «Frascuelo», otra de la inauguración de la plaza de toros de Málaga y una tercera de la plaza de toros de Palencia de las corridas celebradas los días 2 y 3 de septiembre de 1884 con la efigie de «Frascuelo» y «Gallito».