EL DOMINICAL

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Domingo, 15 Octubre 2017 13:12

Oficios desaparecidos - El pregonero y el verdugo

Escrito por  Fernando García Bravo

Algunos aficionados miran con menosprecio los estudios históricos taurinos, por creer equivocadamente que su conocimiento no aprovecha en la práctica, y créese que pierde el tiempo quien se dedica a investigar sucesos que acaecieron en otras épocas

No opina de esta forma el bibliófilo taurino Rafael Berrocal, que en diferentes números de la revista Los Sabios del Toreo reproduce ilustraciones del romántico viajero suizo Emmanuel Witz (1717-1797), cuya obra escrita bajo el título de: Combat de Taureaux en Espagne, nos ha legado un tesoro a los investigadores taurinos y costumbristas, por la gran aportación de datos y detalles del desarrollo de las corridas de toros en el siglo XVIII. En la lámina núm. 4 de dicha obra, aparecen en la escena unos personajes casi desconocidos; el pregonero y el verdugo, que tuvieron protagonismo en su época, y era obligada su presencia en las plazas de toros, con objeto de salvaguardar el buen orden. Su labor se denominaba la ronda y el bando, y su trabajo se ejecutaba en la plaza una vez hecho el despejo por los alguaciles, que descabalgaban de sus monturas e iban en busca del verdugo y pregonero que se ubicaban en un habitáculo a la izquierda de la puerta de toriles y, allí, permanecían hasta terminar el festejo. El pregonero envuelto con capa tradicional, tenía la función de dar lectura a un bando antes de comenzar el festejo. Desplegaba un papel que llevaba en la mano de la manera más visible, y solía leer el siguiente bando:

—En nombre del Rey, nuestro señor, que Dios guarde muchos años y en su nombre el Alcalde, ordena que: toda persona que origine pendencia o bajara a la arena sin autorización se le darán doscientos latigazos y a tres vueltas a la plaza en asno sentado hacía atrás, con la cara hacia la cola del animal y se le mandará a trabajos forzados y si es reincidente se le mandará a galeras. —¡No se arrojará a la plaza, tendidos, ni otro sitio de ella, perros, gatos, cáscaras de melón, sandía, naranjas, ni hacer uso del pedernal, nim otra cosa alguna! Este pregón lo daba en cuatro puntos diferentes de la plaza, indicando en el último punto: «que certifica, que esta lectura ha sido hecha con voz alta e inteligible, para que no haya medio de alegar luego ignorancia». El verdugo seguía los pasos del pregonero, haciéndose acompañar de un asno que portaba todos los artilugios precisos para ejecutar el mandato y detener a los alborotadores, que por lo regular no se llevaba a efecto, porque solía bajar tal multitud en el último toro que se hacía del todo imposible capturar a nadie. Según el dibujo de la época, se puede apreciar en el lomo del pollino, grilletes, cadenas, látigos y cuerdas, herramientas disuasorias —pues rara era la vez que detenían a alguna persona— y por delante y a pie iban los alguaciles; de esta forma se ejecutaba la ronda y el bando. La ronda y el bando estuvo vigente hasta el 7 de junio de 1834, que se suprimió, a petición del pregonero y del verdugo (1), por la mofa de los espectadores y los silbidos y rechiflas que duraban tanto como el pregón, cuyas sanciones y prohibiciones siempre, por lo demás, han sido letra muerta. El público les decía un repertorio de insultos inagotables, además de arrojarles todo tipo de proyectiles, generalmente formados por mondas de naranjas, de patatas, cáscaras de sandía, de melón y hasta gatos muertos. La serie de improperios continuaba, esta vez contra los alguaciles tras recibir la llave para dar salida a los toros, con nuevas muestras de mala voluntad y odio de la «canalla»; y éstos aprovechando su momento de libertad, sentados en los graderíos de la plaza, desahogaban su antipatía, que parecía tomar venganza.

A partir de la citada fecha de 1834 fue la fuerza pública de diferentes cuerpos (Alabarderos, Guardias Nacionales, etc.) quien se encargaba de hacer la labor del despejo de plaza; hasta el año 1865 (2), que por una Real Orden de 3 de julio, prohíbe a la fuerza pública hacer el despejo. A partir de aquí vuelven a hacer este simulacro los alguacilillos montados a caballo, con la vestimenta negra tradicional, compuesta de golilla, capa corta y sombrero tocado de plumas, limitándose a recoger la llave de chiqueros, acompañar a las cuadrillas en el paseíllo, transmitir órdenes al presidente y amonestar a los toreros. Del verdugo de Madrid sabemos que era un personaje representativo de la justicia y brazo ejecutor de penas de azotes y otros tormentos; así, en las funciones de toros celebradas en la Plaza Mayor el verdugo tenía localidad, cuyo sitio estaba junto al Peso Real. Este derecho del verdugo madrileño como asistente a las funciones taurómacas continuó cuando la villa y corte tuvo su pri

mer coso de fábrica, el construido extramuros de la Puerta de Alcalá en 1749 a expensas del rey Fernando VI, coso que éste cedió a los Reales Hospitales de la capital. En ocasiones los públicos después de pagar una entrada exigían el derecho de expresar su opinión con toda su energía. Los decretos de los alcaldes, a modo de bando, querían poner límites a los desahogos verbales de los espectadores. Por ejemplo, el 6 de junio de 1841, el alcalde de Madrid publicó una «Advertencia al público» ante «los excesos y demasías cometidos por los concurrentes a la última corrida de toros (…) y respeto a la autoridad que presidía», ordenaba que «se guardará la moderación debida entre los concurrentes, evitando toda clase de palabras que puedan ofender al público o a los lidiadores». El motivo de la nota del alcalde fue por los graves desórdenes cometidos en la plaza de toros el día 31 de mayo de 1841. Cuatro de los cinco picadores que

intervenían en la corrida fueron heridos por los toros del marqués de Casa-Gaviria y de Veragua y Osuna, quedándose como único varilarguero Antonio Guisado, que actuaba como tercer reserva, por lo cual no se picaron el quinto, sexto y séptimo toro. Pero como recuerdo de otras épocas, se insertó el bando hasta el último tercio del siglo XIX, y siguieron apareciendo en los carteles anunciadores de las corridas la siguiente nota de advertencia: «Se prohíbe arrojar a la plaza cáscaras de naranja, piedras y palos, ni otra cosa que pueda perjudicar a los lidiadores, que nadie pueda entrar entre barreras sino los precisos operarios, ni bajar de los tendidos hasta que no esté enganchado el último toro, todo bajo pena de multa».

(1)Archivo Histórico Nacional. Sección Consejos. Leg. 11387, n. o 52. Los escribanos del crimen de Madrid piden que se suprima en las corridas, la ronda que ellos hacen, titulada de bando, por la befa que sufren de los espectadores. Madrid, 31 de mayo de 1834.

(2) Hasta el último tercio del siglo XIX, se permitía al público que paseara por la arena antes del comienzo de cada corrida y entonces se hacía evacuar el ruedo a algunos aficionados obstinados por una compañía de caballería, precedida de dos alguaciles a caballo, que daban vueltas a la plaza, al paso, deteniéndose ante cada puerta (en la plaza de toros de Madrid, Puerta de Alcalá, había dos; la de arrastre y la de cuadrillas) hasta que todo el mundo salía.

Tauromaquia Añeja