EL DOMINICAL

Publicidad

Espacio reservado para patrocinadores y publicidad: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

×

Advertencia

JLIB_APPLICATION_ERROR_COMPONENT_NOT_LOADING

JLIB_APPLICATION_ERROR_COMPONENT_NOT_LOADING

Domingo, 08 Octubre 2017 14:06

El origen del nombre; Monosabio

Escrito por  Fernando García Bravo
Reproducción de la litografía publicada en La Lidia, el día 17 de mayo de 1886 Reproducción de la litografía publicada en La Lidia, el día 17 de mayo de 1886

En la fiesta española es cosa lógica que llamen torero al que torea, picador el que pica y banderillero al que banderillea. Sus nombres, pues, no necesitan explicación. En cambio, sí requiere aclaración el poco taurino nombre de «mono» y, además de «sabio» a los mozos de caballos o de cuadra puestos a las órdenes de los picadores para asistirlos, ayudarles a montar y levantarlos, cuando caen a la plaza

La primera vez que recogen el dato curiosísimo de la procedencia del término «monosabio» apareció en la prestigiosa revista La Lidia, semanario que tuvo gran aceptación, por la naturaleza de sus firmas y por sus magníficas ilustraciones en color; el artículo lleva la rúbrica de don José Sánchez de Neira. Sabemos que estos mozos de caballos no fueron uniformados hasta la mitad del siglo XIX, presentándose cada cual ante el público vestidos según sus posibles, generalmente desaliñados, mal vestidos y sucios. El empresario de la plaza de Madrid, Justo Hernández, los uniformó con calzón y medias y según recoge una nota de prensa, en la que anuncia que: «a partir del día 17 de abril de 1881 los monosabios de la plaza de toros de Madrid usarán en vez de calzón y media, pantalones con franjas amarillas y encarnados». Hoy su indumentaria está compuesta por blusa, pantalón y gorrilla de colores encarnado y azul.

El nombre de monosabio se debe a que llegó a Madrid un artista de circo extranjero de ignorada nacionalidad, como casi todos los artistas circenses; un buen mozo de ojos azulados y amplio bigote en rizosas puntas, acompañado de una trouppe de hábiles y obedientes monos amaestrados que exhibía en un circo que instaló Thomas Price en un barracón de armadura poligonal en las inmediaciones de la plaza de toros de la Puerta de Alcalá —concretamente en la manzana que comprende las calles de Recoletos, Cid y Serrano—. La maestría con que jugaban aquellos mudos y sabios artistas, fue celebrada por el público madrileño, siempre dicharachero, festivo y popular, el cual aceptó con alborotado júbilo humorista el nombre de «monos sabios», con que el director de los cuadrúmanos los había anunciado. Llamaron la atención los monos por sus raras habilidades, y aquel domador tenía de tal modo amaestrado a su trouppe, para interpretar números ingeniosos, que el público aceptó con agrado el adjetivo de sabios, con que los asignaba su dueño. Asimismo, vestían unos trajes rojos y azul, y como este color era del mismo tono de la indumentaria de los mozos de caballos en la plaza de toros, y éstos no se distinguían por su belleza, el público burlón les puso el nombre de monos sabios, en referencia a los simios de circo, además, por la labor de escuderos en la plaza en sortear las embestidas de los toros, ágiles como unos monos, para librar de ellas a caballos y montados. El mote, que por primera vez aparece en la prensa como tal en el año 1853, pasó a ser genérico de los dedicados a servir de amparadores de la gente de a caballo. Ellos son los más valiosos auxiliares del picador y, con alguna frecuencia se da el caso de recibir ovaciones por su valor. Al apartar del peligro con extraordinaria habilidad y, en muchas ocasiones, con inminente riesgo de sus vidas, han salvado la de los picadores y aun la del caballo, llamando la atención al toro con la varita de que van provistos, coleándoles o arrojándoles la gorra. Muchos han sido los accidentes que han sufrido en el ejercicio de su profesión; cornadas graves, roturas de huesos, lesiones importantes, etc. Pero en los anales del toreo solo hay que lamentar una tragedia: la muerte del monosabio Pablo Toro en la plaza de toros de Valladolid, hecho ocurrido el día 5 de julio de 1896, que fue corneado por un novillo de la ganadería de Victoriano Angoso, cuando andaba haciendo un quite a un banderillero y al intentar que el caballo de un picador avanzase hacia el bicho, éste se le arrancó hacia él, y al llegar a las tablas le alcanzó, derribó y recogió, metiéndole una gran cornada en la región suprarrenal izquierda, falleciendo a los dos días de ser herido. Y es que los monosabios siempre están atentos y prestos a cualquier incidente en los demás tercios de la lidia. Para muestra les voy a relatar un suceso ocurrido en la plaza de toros de Madrid el día 25 de febrero de 1883: se lidiaba una novillada de Nazario Carriquiri; terminado el primer tercio, el cuarto novillo persiguió a un banderillero, y tan cerca le tenía que lo iba a alcanzar, un monosabio trató de cortarle el viaje tirándole la gorra, en cuanto la vio el bicho, dejó de perseguir al peón, se paró a olerla y acabó por comérsela. Después de la suerte de banderillas devolvió el toro la gorra, pero hecha trizas. El astado fue estoqueado por «Punteret», después de un breve trasteo. En tiempos pasados el empleo de monosabio conllevaba la preparación de los caballos dispuestos para la lidia, desde la prueba hasta su presentación en la plaza, también en su cometido de correr y cansar a los jacos por medio de ejercicio fatigoso hasta ahormarlos para la lidia y, además, eran grandes conocedores de sus enfermedades y experimentados «zurcidores» de las cornadas, que los «chisperos» llamaban al lugar donde hacían estas operaciones «el taller de reparaciones». También tenían la labor, fuera de la plaza, de ir a buscar con el caballo al picador y llevarlo de nuevo a casa, una vez acabada la corrida. Escena que solo podemos contemplar en ilustraciones y fotografías antiguas de épocas románticas del toreo.

Varios han sido los espadas y picadores que antes de abrazar la profesión han comenzado su andadura taurina como auxiliar de los picadores. Entre los primeros destacar a Felipe García, Fausto Barajas, Rafael Llorente, «Saleri I» y excepcionalmente Ignacio Sánchez Mejías, y entre los segundos, que en el pasado ingresaban en el servicio de caballos como aprendizaje y escuela para hacerse picadores, han salido Pepe «El Largo», «Badila», «Cantaritos», los hermanos «Chano», Agujetas, Epifanio Rubio «El Mozo» y la saga de los «Pimpis».

Tauromaquia Añeja

 

Monosabio a caballo sujetando a otro. Atribuido a Marcelino de Unceta