EL DOMINICAL

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Domingo, 24 Septiembre 2017 13:43

Oficios desaparecidos, "Los ganapanes" - El origen de las mulillas

Escrito por  Fernando García Bravo

El tema que tratamos aparentemente no es importante, pero que sí tiene su interés histórico en el conjunto del espectáculo: la innovación de sacar con mulillas los caballos y toros muertos en la plaza, que se presenció por primera vez en la Plaza Mayor de Madrid el 4 de mayo de 1623

En aquel entonces reinaba Felipe IV, y con motivo de querer matrimoniar a su hermana, la infanta María, con el heredero de Inglaterra Carlos Eduardo, príncipe de Gales, en su visita a Madrid, y en su honor, se celebraron todo tipo de espectáculos y fiestas de toros. El príncipe heredero salió el 2 de marzo de Londres por el puerto de Dover, disfrazado, y por la posta con solo ocho criados y el marqués de Buckingham, que venía en secreto para tratar el casamiento y las capitulaciones y celebrar el matrimonio con la infanta María, que estaba propuesto hacía algunos años, arribando en Madrid el 26 de marzo. Habiéndose tenido y casi publicado por resuelto el casamiento, quiso el rey Felipe IV festejar la futura boda con fiestas reales de toros, señalándose para el día 27 de abril una corrida de toros en la Plaza Mayor de Madrid. La corrida se suspendió por lluvia por lo que hubo que aplazarla hasta el 4 de mayo de 1623. En esta fiesta se puso por primera vez en ejecución el sacar los toros muertos de la plaza arrastrados por medio de mulas con novedad de grandes penacheros encarnados y blancos en la entonces recién estrenada Plaza Mayor de Madrid, aunque muchos autores dan como válida la referencia de Alfonso de Castro1 . Por aquel entonces ostentaba el cargo de Corregidor de la Villa Juan de Castro y Castillo, el cual dispuso, por mandato del conde de Olivares, que en obsequio del príncipe de Gales se celebrara una fiesta de toros en su honor, en la que rejonearon los nobles de mejor cuño, entre otros los afamados caballeros: duques de Cea y Maqueda, el marqués de la Velada, don Cristóbal Gaviria y don Gaspar Bonifaz. Fueron fiestas reales deslumbradoras y se desplegó lujos sin reparar en gastos, en la presentación de las carrozas, entrada de padrinos —por entonces era costumbre que un noble de alta alcurnia apadrinara a un caballero acompa- ñándole y presentándole en la plaza—, alabarderos, trompetas, chirimías y guardia de todas las clases. «Hubo muy lindas suertes, ninguna desgracia, aunque algunos caballos heridos y lacayos — toreros de a pie— estropeados. Duró la fiesta casi dos horas. Mataron veintidós toros 2 ». Aunque el príncipe juró el cumplimiento del matrimonio, si bien su corazón no parecía que llevara tal intento, según después y antes se reconoció, se volvió a Inglaterra seis meses después de su llegada, una vez que se juraron capitulaciones y nombrar un poder para casarse, con la promesa de llevarse luego a la infanta fiando de sus palabras el cumplimiento de sus promesas. Por razones de Estado, a las que no fue ajena la religiosidad católica de nuestra infanta, el proyectado enlace no se llegó a efectuar.

La corona española exigió la conversión del príncipe de Gales al catolicismo. También influyó en el ánimo del príncipe de Gales lo poca agraciada que era la infanta María. Este príncipe fue coronado rey de Inglaterra en 1625 como Carlos I de Inglaterra y por su tiranía y traición fue decapitado en 1649. Era práctica común que el verdugo levantara la cabeza del ajusticiado y la mostrara a la muchedumbre. Y volviendo al tema que traemos entre manos, exponer que, antes de emplear las mulillas el sistema era por medios manuales, es decir, unos mozos remolcaban al toro tras de sí, tirando de él con una maroma, y sacaban al astado y a los caballos muertos hasta los exteriores del recinto o plaza pública. Estos porteadores eran unos hombres rudos y toscos llamados «ganapanes», que se ganaban la vida llevando y transportando de una parte a otras cargas o lo que les mandasen. Era costumbre el arrastrar en el ruedo los caballos, antes que los toros, que se les despojaba de la montura estando aún el toro en la plaza y se les ataba por las patas, arrastrándolos a contrapelo, forma que se levantan más, para así hacer menos resistencia al tirar de ellos; además, en la práctica se vio que no salían las tripas durante la carrera. Otros modos eran con carros, preparados al efecto, que cargaban con el peso de las reses muertas o de los caballos de los picadores, ejecutándose la operación más lenta y menos vistosa. En Pamplona existe una costumbre que marca el protocolo antes de comenzar las corridas de toros. Se denomina «El paseo de las mulillas», y consiste en marchar los dos grupos de tres mulillas adornadas con cascabeles y banderolas y un total de catorce mulilleros desfilan desde la plaza Consistorial, y al ritmo de pasodobles de la banda municipal La Pamplonesa atraviesan las calles del Casco Viejo camino a la plaza de toros. Multitud de curiosos se unen al cortejo y se suman las peñas con sus ruidosas charangas. Las mulillas, que tienen una importante misión que cumplir en el espectáculo taurino, constituyen una de las más pintorescas notas y deben ser cuidadas con el mayor esmero en su presentación, que tanto contribuye al colorido de la Fiesta. La invención de arrastrar los toros con acémilas, que data de 1623, corresponde al Corregidor Juan de Castro y desde entonces no se ha interrumpido el uso de las mulillas, diminutivo éste, que empezó a generalizarse durante el siglo XIX.

 

1 Don Alfonso de Castro, en su obra Combates de toros en España y Francia, aclara que: «Tal innovación empleóse en Burgos en el año 1615, con ocasión de la fiestas que se celebran para regocijar el casamiento de Isabel de Borbón con Felipe IV y doña Ana de Austria con Luis XIII de Francia (…) entran cuatro mulas, no domadas, con sus cuerdas tirantes. Y estando el toro desjarretado (cortar los tendones de las patas traseras del toro a la altura de la corva, con una medialuna, que este es instrumento cortante que tiene esta forma y colocada en un palo largo), las meten en el coso y amarran al toro, y como van huyendo de él [por estar vivo el toro], tiran tanto que lo hacen saltar». A la vista de los datos que nos aporta el manuscrito, si nos detenemos en el texto, más que sacar los toros arrastrados, lo que hacen es una acción «bufonesca» de mal gusto, estando el toro vivo. 2 Francisco López Izquierdo. Los toros en la Plaza Mayor de Madrid —Documentos—. Unión de Bibliófilos Taurinos. Madrid, 1993.